Cómics

Las historias que se sirven en La cantina de medianoche y otras cosas del comer

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Japonfilia

Como toda friki multicultural que se precie he tenido una época japonofílica que comenzó casualmente, como no podía ser de otra forma. En mi casó arrancó con la lectura de La mujer de arena de Kōbō Abe, un libro que cayó en mis manos por azar y que me dejó atrapada en esa arena movediza a medio camino entre la angustia y la fascinación. A partir de ahí me lancé a la adquisición y lectura de clásicos y modernos nipones.

A medida que leía a autores tan líricos como Yasunari Kawabata y tan bestias como Ryū Murakami fui construyendo una biblioteca desequilibrada pero coherente en su disparidad, un Japón íntimo en el que lo delicado y lo brutal convivían en la misma estantería. Fue entonces cuando cayó en mis manos un manga de Jirō Taniguchi y Masayuki Kusumi: El gourmet solitario. No era una novela, no era poesía, ni un manual de gramática, sino la narración muda y constante de un hombre que come solo.

Me fascinó porque no hablaba de rituales milenarios y ni se descuartizaba a nadie, sino que contaba las historias de alguien común que se sentaba a comer solo en un restaurante cualquiera, con la misma parsimonia con la que otros leen el periódico o esperan el metro. El autodiálogo del protagonista era una conversación íntima que nos guiaba a los lectores al descubrimiento de que lo cotidiano también puede ser extraordinario, que un simple plato de sopa de miso o un onigiri comprado en una estación de tren guarda la misma densidad emocional que la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

Ese oficinista sin nombre convertido en guía involuntario de una geografía hecha de tabernas, mostradores grasientos y platos que no necesitaban explicación acabó cambiando mi manera de mirar la comida y también la lectura. Ya no se trataba de probar sabores exóticos ni de seguir antiguos rituales culinarios, sino de escuchar el eco de nuestra propia memoria en cada plato. Y fue ese mismo eco el que años más tarde, y sin esperarlo, apareció de nuevo en La cantina de medianoche de Yaro Abe.

Ahora la experiencia comensal no se encontraba en diferentes locales repartidos por la ciudad, sino concentrada en un único espacio imaginario: un bar minúsculo de Shinjuku, abierto solo desde medianoche hasta el amanecer. Allí los clientes llegan como náufragos de la jornada para encargar al Maestro su plato favorito. Esta cantina condensa todas las tabernas, izakayas y puestos callejeros en un solo mostrador, como si Yaro Abe hubiera querido dibujar el mapa secreto de la nocturnidad tokiota en una sola viñeta infinita.

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Un comentario

  1. Gracias por el artículo y esta síntesis de poner palabras a sensaciones que quedan tras la lectura de ‘La cantina de medianoche’, donde lo humano y terrenal está a flor de piel en cada uno de los personajes que acuden a local.

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